domingo, 23 de enero de 2011

La muñeca rota.


   Los rayitos de sol de aquella hermosa mañana de sábado empezaron a dar en la ventana, la pequeña abrió sus ojos al son de un gran bostezo mientras sus rulos color caoba aun jugaban con la almohada. Se puso su vestido verde agua, sus zapatos blancos y bajo la escalera con brincos picaros, evidencia de la alegría de no tener que ir a la escuela ese día. Su mamá le había preparado una gran taza de té con leche que tomo de un sorbo para poder salir a jugar con la vecinita. Rápidamente se levantó de la mesa, tomó su pelota roja y salió a la puerta.

   Entre juegos y risas se distrajeron un minuto y el perro de la otra cuadra, ayudado por la suave brisa de otoño, les jugó una mala broma, llevando la pelota hasta la cortada que estaba doblando en la esquina. Una sola lagrima cayó sobre uno de sus rulos, porque sin perder mas tiempo respiró hondo y, mientras le decía a su amiguita que no se moviera de allí, decidió ir a recuperarla. Eran solo unos pocos metros, pero para sus ojos de niña de tan solo seis años se veía como todo una odisea.
   Al girar en la esquina enseguida la vio, pero su mirada se desvió al instante en lo que estaba detrás, una vidriera enorme llena de juguetes. Como toda pequeña curiosa no dudó en entrar. Un viejito de sonrisa simpática la recibió y le dijo que podía recorrer tranquila cada rincón de la juguetería.
   Los interminables pasillos tenían las estanterías repletas de los mas bellos juguetes, desde cajitas musicales hasta enormes osos de peluche, aunque los ojos de la niña solo se centraron en una cosa, en el fondo del edificio había una pared llena de muñecas. Nunca vio una cosa igual, las había de todos los tamaños, con vestidos de todos los colores, algunas hablaban, otras cantaban; pero, aún así, una resaltaba del resto. El polvo de la caja evidenciaba que mucho tiempo hacía ya que estaba allí una hermosa muñeca de cabello dorado, dulce sonrisa y vestido rosa. Aunque eso no fue lo que captó su atención, lo que la nena se cuestionaba era por qué la muñeca tenía los ojos tristes.
   Cuentan por ahí que no siempre fue así. Era la única de su serie, pues la pequeña empresa que la produjo tras fundirse se vio obligada a cerrar sus puertas. En vendedor era joven cuando llego a sus manos dentro de una vistosa caja dorada. Solo pasó en la tienda una semana cuando una pequeña de ojos azules y pañuelo de florcitas en la cabeza se la llevo entre sus brazos. Por segundos hasta parecía cobrar vida mientras su dueña la balanceaba en las tardes, y a la noche dormían juntas abrazadas entre las sabanas blancas. Vivió siete felices días, hasta que la pequeña decidió irse corriendo a jugar con un angelito y su mamá entre sollozos decidió devolverla a la tienda.
   Volvió a la estantería con su caja dorada y su vestidito reluciente, pero a pesar de estar intacta era como si estuviese rota al mismo tiempo; y si bien su boquita roja sonreía, su mirada era triste y gris. Ya hacia años que veía a las demás muñecas irse en los brazos de risueñas niñas, mientras ella seguía allí esperando a su dueña, la pequeña de los grandes ojos azules. Tal vez eso la diferenciaba del resto, porque detrás de su mirada nostálgica había una historia que flotaba en el aire que la rodeaba, como un aura que atrapaba a cada uno de los que se paraban frente aquella pared.
   De repente un cucu irrumpió en la calma atmósfera de la juguetería y entonces una expresión de preocupación se dibujó en su carita al recordar que debía volver, tomó la pelota roja entre sus manos, se alejó de aquel mágico lugar y pronto se olvidó de la hermosa pero triste muñeca de la caja dorada.
   

jueves, 20 de enero de 2011

El miedo me tomo por sorpresa.

   Siempre me prometí a mi misma nunca sentir miedo, esa sensación tan extraña que te paraliza, que no te permite avanzar. Es como un virus que una vez que logra abrirse camino en el torrente sanguíneo invade tan rápido cada rincón de tu cuerpo que es imposible frenarlo, en solo segundos se aloja tomando el control de las cosas. Es por ello que se suponía que nunca debía sentirlo.
   Los caminos suelen estar llenos de piedras, lo sé, pero eso nunca fue un problema; después de todo las chiquitas se saltan, las grandes se escalan y de caerme dicen por ahí que el tiempo cura todas las heridas. Hasta ahora no hay razón alguna para detenerse, y de hecho así fue hasta hoy, cuando aquel malvado entro en escena.
   No se exactamente en que momento, no se cual fue la causa, tal vez me distraje por un instante y bastó para que el virus me invadiera. Lo que si sé es que el miedo tomó el control, porque es justamente lo que siento cuando te miro a los ojos.
   Ni siquiera estoy segura de que es a lo que le temo. Tal vez sea a perderte pero... ¿cómo perder algo que no tengo?. Tal vez sea a perderme, aunque suelo pensar que ya ocurrió. Tal vez sea a tenerte, porque eso implicaría dejar de tenerme a mi misma, a pesar se que en cierto modo eso también pasó.
   Entre plumas y papeles mueren las frases que jamás serán dichas, como el grito de un alma encerrada en una caja de cristal. Tu mirada me asusta, me paraliza porque no puedo leerla, no sé lo que dice, no sé lo que esconde, no sé lo que siente. Los ojos son la puerta del alma y me aterra ver la tuya solo para darme cuenta de que mi nombre no esta allí y probablemente nunca lo esté. Te observo dormir a mi lado en silencio, me falta valentía para preguntar si en verdad estas allí o si es solo tu cuerpo porque tu corazón lo dejaste en otro lado. Quien diría que detrás de tanta valentía se escondía una persona que mira un oasis en el desierto con la garganta seca porque para no descubrir que es un espejismo prefiere morir de sed.
   Lo mejor seria avanzar, caer y dejar  que el tiempo cure las heridas, o tal vez pegar la vuelta e ir hacia otro camino mas seguro; pero no puedo, el miedo me invadió y ahora estoy paralizada.

sábado, 1 de enero de 2011

En la oscuridad del firmamento

   Allí estaba ella, luciendo con todo su esplendor el mejor de sus vestidos procurando que todo este perfecto. Como si la brillante túnica que la cubría no fuera suficiente, tendió un fino paño de seda negra en el firmamento y lo decoro con pequeñas perlas que iluminaban el oscuro paisaje. La atmósfera era calma con un silencio de aquellos que transmiten paz. Miro su reflejo en el agua para asegurarse de que estaba bonita y solo se dispuso a esperar.
   Sus grandes ojos negros formaban una mirada picara que lo buscaba entre los rincones de la noche, mientras su rostro vestía una sonrisa de esperanza de esas que tienen las enamoradas al esperar a su amor. Pues ella estaba esperando al suyo, eso explicaba su brillante atuendo. La noche estaba hermosa, una suave brisa acariciaba las copas de los arboles que parecían danzar en la inmensa oscuridad. El rocío baño los pastos con sus pequeñas gotas que se veían como cristales en aquel bello paisaje.
   Las horas pasaban y ella seguía allí, esperando, tan resplandeciente como siempre, o tal vez mas resplandeciente que nunca, algo le decía que esta vez si iba a venir. Sus ojos volvieron a recorrer el horizonte buscándolo pero no lo encontraron, aun así no se daba por vencida.
   La brisa tenue se transformo en un viento frío, los arboles que adornaban con sus danzas la eternidad del paisaje ahora se agitaban violentamente. Aquel silencio que sembraba paz en las almas de los enamorados intentaba ser un grito de auxilio pero al no lograrlo no era mas que una agonía no escuchada, el reflejo de lo que pudo ser y no fue. La atmósfera era triste y helada, y la inmensidad de la noche traía consigo una cruel sensación de soledad. Una pequeña estrella le susurro al oído que ya era tiempo de partir, ella la miro con sus ojos vidriosos y asintió con la cabeza mientras una lagrima recorría su mejilla y simplemente se retiro del firmamento con su precioso vestido de gala.
   Noche tras noche ocurría la misma historia, la veía aparecer con su esplendorosa presencia y su mirada traviesa para luego retirarse con los ojos apagados y el corazón roto, siendo la sombra de la joven tan llena de vida que salia a esperarlo cada día.
   Cuentan por ahí que una vez, hace mucho mucho tiempo, se cruzaron por casualidad y se unieron en el mas bello de los paisajes, solo fueron unos minutos, los suficientes para que ella jamas lo olvidara y saliera a esperarlo aun sabiendo que debía esperar al menos trescientos sesenta y cinco días para tenerlo solo por un instante.
   Es por ello que la veía nacer de la mas bella de las esperanzas y morir con el mas triste de los desengaños día tras día, pero... ¿como hacerle entender a la luna que el sol no vendría? ¿Como hacer para que entendiera que no importa cuanto esperara las cosas no cambiarían, el seguiría durmiendo en su guarida mientras ella aguardaba por él resplandeciente solo para retirarse sin brillo alguno al cabo de un tiempo? ¿como hacer que comprenda que unos mágicos minutos juntos no valían un año de lagrimas? En el fondo sabia que todo esto era cierto, pero se negaba a admitirlo, es por ello, que siguió, y seguirá saliendo noche tras noche a decorar nuestro firmamento solo para morir en un grito en silencio a la hora en la que el se levanta para que admiremos su belleza.