Los rayitos de sol de aquella hermosa mañana de sábado empezaron a dar en la ventana, la pequeña abrió sus ojos al son de un gran bostezo mientras sus rulos color caoba aun jugaban con la almohada. Se puso su vestido verde agua, sus zapatos blancos y bajo la escalera con brincos picaros, evidencia de la alegría de no tener que ir a la escuela ese día. Su mamá le había preparado una gran taza de té con leche que tomo de un sorbo para poder salir a jugar con la vecinita. Rápidamente se levantó de la mesa, tomó su pelota roja y salió a la puerta.
Entre juegos y risas se distrajeron un minuto y el perro de la otra cuadra, ayudado por la suave brisa de otoño, les jugó una mala broma, llevando la pelota hasta la cortada que estaba doblando en la esquina. Una sola lagrima cayó sobre uno de sus rulos, porque sin perder mas tiempo respiró hondo y, mientras le decía a su amiguita que no se moviera de allí, decidió ir a recuperarla. Eran solo unos pocos metros, pero para sus ojos de niña de tan solo seis años se veía como todo una odisea.
Al girar en la esquina enseguida la vio, pero su mirada se desvió al instante en lo que estaba detrás, una vidriera enorme llena de juguetes. Como toda pequeña curiosa no dudó en entrar. Un viejito de sonrisa simpática la recibió y le dijo que podía recorrer tranquila cada rincón de la juguetería.
Los interminables pasillos tenían las estanterías repletas de los mas bellos juguetes, desde cajitas musicales hasta enormes osos de peluche, aunque los ojos de la niña solo se centraron en una cosa, en el fondo del edificio había una pared llena de muñecas. Nunca vio una cosa igual, las había de todos los tamaños, con vestidos de todos los colores, algunas hablaban, otras cantaban; pero, aún así, una resaltaba del resto. El polvo de la caja evidenciaba que mucho tiempo hacía ya que estaba allí una hermosa muñeca de cabello dorado, dulce sonrisa y vestido rosa. Aunque eso no fue lo que captó su atención, lo que la nena se cuestionaba era por qué la muñeca tenía los ojos tristes.
Cuentan por ahí que no siempre fue así. Era la única de su serie, pues la pequeña empresa que la produjo tras fundirse se vio obligada a cerrar sus puertas. En vendedor era joven cuando llego a sus manos dentro de una vistosa caja dorada. Solo pasó en la tienda una semana cuando una pequeña de ojos azules y pañuelo de florcitas en la cabeza se la llevo entre sus brazos. Por segundos hasta parecía cobrar vida mientras su dueña la balanceaba en las tardes, y a la noche dormían juntas abrazadas entre las sabanas blancas. Vivió siete felices días, hasta que la pequeña decidió irse corriendo a jugar con un angelito y su mamá entre sollozos decidió devolverla a la tienda.
Volvió a la estantería con su caja dorada y su vestidito reluciente, pero a pesar de estar intacta era como si estuviese rota al mismo tiempo; y si bien su boquita roja sonreía, su mirada era triste y gris. Ya hacia años que veía a las demás muñecas irse en los brazos de risueñas niñas, mientras ella seguía allí esperando a su dueña, la pequeña de los grandes ojos azules. Tal vez eso la diferenciaba del resto, porque detrás de su mirada nostálgica había una historia que flotaba en el aire que la rodeaba, como un aura que atrapaba a cada uno de los que se paraban frente aquella pared.
De repente un cucu irrumpió en la calma atmósfera de la juguetería y entonces una expresión de preocupación se dibujó en su carita al recordar que debía volver, tomó la pelota roja entre sus manos, se alejó de aquel mágico lugar y pronto se olvidó de la hermosa pero triste muñeca de la caja dorada.


