lunes, 25 de octubre de 2010

Nuestros queridos viejos

   Una vez mas me encontré frente a aquel lúgubre edificio de paredes despintadas escondidas entre grandes arboles desnudos. El viento frío jugaba con mi pelo mientras meditaba unos minutos antes de entrar. El paisaje era triste, gris; la tarde lluviosa y helada, mas aun allí.
   Seque mis zapatillas en el papel tendido en la entrada mientras mis ojos recorrieron el interminable pasillo que alguna vez lucio blanco resplandeciente. El silencio invadía el lugar junto con una nube de nostalgia que parecía flotar en el aire. Cada puerta que abría liberaba un rechinido que exaltaba a la sosegada atmósfera, busque y busque hasta que lo vi.

   Como siempre, sentado en esa esquina oscura del cuarto esperándome. Ya no veía, así que su rostro solo se iluminaba después de oír mi saludo, solo en ese momento se daba cuenta que yo estaba allí. Quien hubiera pensado que aquel hombre tan fuerte que solía ser, hoy era esa frágil persona que reposaba sobre una silla de maderas viejas. Si bien su cuerpo mostraba el cansancio de los años vividos se asomaba de sus ojos el resplandor del joven soñador que fue en tierras muy lejanas a estas.

   Ese día a la semana aquel triste lugar parecía cobrar vida, y esas paredes con tantas historias impregnadas hablaban. Me contaba sus vivencias, que habían sido muchas, presencio la guerra y sufrió el hambre, pero nunca se rindió, un gran luchador con tanto por decir, y sin embargo sus palabras quedaban atrapadas en el gris edificio.
   Las horas pasaban entre largas y tendidas charlas, el sol comenzaba a esconderse y ese era el llamado para pegar la vuelta. Tome mi mochila y entre promesas de volver en siete días me aleje por el eterno pasillo de paredes gastadas, con la imagen de él en su vieja silla y un nudo en la garganta.
   Una vez fuera, mis ojos recorrieron nuevamente el lúgubre edificio que tantas cosas tenia por contar. Aquellos muros muertos a primera vista estaban en realidad llenos de vida, porque créanme que ellos si habían oído las mas interesantes experiencias. Tal vez los muertos seamos nosotros que cometemos errores por no escuchar las vivencias de esos muros, que vivimos tan apurados que no tenemos tiempo de sentarnos a escuchar las historias de nuestros sabios viejos, que ni siquiera entendemos que cada linea sobre el rostro es un momento vivido, un recuerdo de un tiempo pasado, la marca de algo aprendido.

sábado, 16 de octubre de 2010

En búsqueda de una utopía

   Se embarco en un viaje de mil millas, tenia todo el océano por delante y aun así decidió continuar. El viento le dio en la cara mientras las olas se hacían cada vez mas grandes, pero eso tampoco la detuvo. El cielo se tiño de negro mientras destellos eléctricos iluminaban la oscura noche, no sintió miedo, solo pensaba en seguir. Quien sabe que idea daba vueltas por su cabecita que la impulsaba a no abandonar esa aventura imposible.
   Buscaba con su mirada el horizonte entre ese escenario infinito en el que navegaba. Sus ojos llenos de esperanzas reflejaban los sueños de un lugar perfecto con el que soñaba despierta, una gran utopía que solo ella veía como una realidad.
   Intentamos detenerla, pero la magia de esa gran ilusión parecía haberla atrapado de tal forma que ya ni siquiera era ella misma, esa obsesión por llegar al otro lado la poseía, no la dejaba pensar. Esa mente brillante, tan llena de ideas, tan segura de si misma ahora se encontraba bajo los encantos de aquella historia sin final y yo sin poder detenerla.    Como explicarle que todo aquello eran espejismos en el medio del desierto, como hacer que entienda que el inconsciente le estaba jugando una mala pasada. No importa lo que hiciera, era imposible detenerla.
   Por las tardes solía verla sentada observando el suave andar del agua sobre la costa, y aunque se encontraba solo a unos pocos metros en realidad no estaba allí, era solo su cuerpo el que reposaba en la arena, sus pensamientos vagaban por algún lugar al que ni siquiera ella podía llegar, pero no importaba, solo seguía allí tejiendo ideas para lograr lo irrealizable.
   Y fue aquella noche fría y tormentosa que se subió al barco, para navegar contra la marea, enfrentar las terribles olas, ¿y todo para que?... para cumplir un sueño que nunca debió soñar, que fue el mayor error que jamás haya cometido. Mis ojos la vieron internarse en el mar inmenso, alejarse entre las enormes gotas de lluvia que bañaban la playa, esta vez no intente detenerla, ya no tenia sentido.
   Eso es lo ultimo que recuerdo de ella. Escuche por ahí que la consideran un ejemplo de valentía por sumergirse en el afán de cumplir un sueño imposible. Supongo que es la opinión de un mal observador, o mejor dicho de aquel que solo mira pero no ve en realidad. Con un poco mas de atención hubieran descubierto que era una gran cobarde que prefirió perderse en la oscuridad de aquélla noche tempestuosa por no enfrentarse a si misma, por no aceptar que algunas cosas simplemente son imposibles, por no entender que muchas veces hay que abandonar un sendero para poder seguir caminando. 

miércoles, 6 de octubre de 2010

Tras los muros de nuestras propias mentiras

   Nuestro brillante cuerpo nos dota de cinco sentidos para relacionarnos con el mundo que nos rodea. Nuestra piel, nuestros ojos, nuestra boca, nuestros oídos, todos perfectamente conectados a un asombroso “centro de control”, nuestro cerebro. Entonces, si todo está tan asombrosamente calculado... ¿cómo es posible que nuestros sentidos nos traicionen?
   Tal vez no sean ellos los que nos traicionan, tal vez seamos nosotros mismos. La mayor parte del tiempo vemos, oímos, percibimos; pero interpretamos a nuestro antojo, nos engañamos sin ni siquiera estar conscientes de ello.

   Preferimos vivir en la jaula de los engaños antes de hallarnos solos en el océano de la verdad, el miedo nos invade y simplemente seguimos encerrados en nuestro lugar seguro. Pintamos las paredes con colores que no existen en realidad, endulzamos nuestros oídos con palabras que nadie dijo pero que quisimos escuchar, nos rodeamos de personas en las que vemos solo lo que queremos ver.
   Así los días pasan, y nosotros dentro de los muros, cada vez mas altos, de nuestras propias mentiras. No es que la vida sea simple de este lado, pero es lo que podemos manejar, controlar, en este mundo ficticio pasa solo lo que yo quiero que pase. Creamos situaciones, relaciones sin correr riesgos y todo parece funcionar, pero... ¿funciona?
   Los muros no nos protegen, solo nos encierran; la verdad muchas veces duele pero libera. Derribemos paredes, destruyamos jaulas y simplemente echemos a nadar. El enorme océano de la vida siembra un temor enorme pero también nos abre la puerta a infinitas posibilidades, nos permite soñar.
   La verdad duele muchas veces, negarla no cambia las cosas, solo tomando nuestras mejores armas y enfrentándonos a grandes batallas lograremos ganar. Después de todo, que importa si caemos, siempre podemos levantarnos y empezar a caminar una vez mas por nuevos senderos.
  

sábado, 2 de octubre de 2010

Los últimos versos que yo le escribo

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».
El viento de la noche gira en el cielo y canta
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo le quise, y a veces él también me quiso.
En las noches como ésta le tuve entre mis brazos.
Lo besé tantas veces bajo el cielo infinito. 
Él me quiso, a veces yo también le quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no lo tengo. Sentir que le he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin él.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarlo.
La noche está estrellada y él no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberlo perdido.
Como para acercarlo mi mirada le busca.
Mi corazón le busca, y él no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no le quiero, es cierto, pero cuánto lo quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otra. Será de otra. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no le quiero, es cierto, pero tal vez lo quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta lo tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberlo perdido.
Aunque éste sea el último dolor que él me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.