domingo, 28 de noviembre de 2010

Dueña de una gran dualidad

   Dueña de una gran dualidad. El fuego y el agua conviven pero no coexisten en tiempo y espacio, se turnan y por momentos uno le cede protagonismo al otro. Una fina cuerda pende entre ambos con miedo de cortarse, eso desataría el caos.
   El fuego se presenta con su color rojo vivo. Nadie se entromete en su camino, después de todo... ¿quien disfrutaría de quemarse?. Totalmente inalcanzable, camina solito sin permitir compañía, no la necesita, su llama siempre encendida es suficiente para iluminarlo todo. Regio y fuerte ve pasar la vida sin permitirse un solo segundo de melancolía, es demasiado seguro para eso. Con una fuerza inimaginable sigue sus grandes pasiones sin que nadie lo desvíe, ni siquiera un poco, de su sendero. Solo se detuvo un segundo, y levantando la vista por encima de su hombro miró hacia atrás y la vio, tan simple y frágil que no pudo evitar burlarse de ella.
   El agua percibió aquélla mirada burlona, en el fondo sabia que era capaz de apagar al fuego, pero nunca lo haría, era demasiado cobarde como para intentarlo, mejor quedarse callada en el rincón esperando su turno. Aquel egoísta solo la dejaba asomar unos pocos minutos en algún que otro día de lluvia en el que él prefería descansar. Su mirada de la vida era muy distinta, hasta opuesta se podría decir. Mucho menos atractiva pero mas encantadora, tan transparente y calma, disfrutaba de la lluvia con un aire bohemio. Él se creía tan importante, si solo supiera que entre risas y lagrimas ella si sabia lo que era sentir seguro la envidiaría. A veces la fuerte brisa la desviaba de su camino, pero con esfuerzo volvía sin arrepentirse de aquello, pues había vivido.
   Curiosamente, a pesar de vivir en el mismo lugar procuraban no cruzarse nunca. Ella era para él una eterna soñadora, un trozo de cristal que corría riesgo de romperse con la mas mínima caída, una nena tonta con mucho por aprender; no tenia su coraje, su fuerza, su seguridad. Él para ella era un cobarde que prefería vestirse con su manto ardiente para que nadie lo tocara, optaba por ser totalmente inalcanzable para eliminar así la posibilidad de ser lastimado, entre suspiros se lamentaba por todo lo que aquel se perdía, prefería no sentir por miedo y lo mas triste es que él se creía muy valiente.
   Los dos creían ser, pero ninguno era nada en sí. Tan torpes, tan imperfectos, tan incompletos, caminaban de a uno por vez tambaleándose de aquí para allá. Juntos podrían haber sido grandes; podrían haber logrado vivir, sentir al máximo, avanzar sin descanso. Pero no, cada uno prefirió seguir siendo lo que era... fuego y agua.



No hay comentarios:

Publicar un comentario